Brisa

Hablar de volcanes es hablar de Canarias,
el negro puro de la Tierra, su sangre derramada
y convertida en basalto, oscuro, irregular, perfecto.
Y sin embargo, la negrura se combina de manera magistral en,
de las Afortunadas, la más bonita, con el verde de amplios bosques
de pinos y pastos de arbustos variados.

Normal pues que la blancura del alisio sienta la necesidad
de derramarse desde la cumbre hasta las medianías
acariciando las copas y depositándose sobre los llanos para disfrute de los altos montes, de piedra y grava, siempre negra y siempre verde.

Sin embargo es cuando llega la noche, cuando el cielo sonrojado
comienza a tornar su atención hacia la Luna y sus acólitos,
cuando la magia se desata en este pequeño triángulo atlántico.
La bóveda se ilumina mostrando sus frescos sin vergüenza,
trazando las nebulosas agrupaciones de estrellas y planetas lejanos que componen las ramas hermanas de nuestra galaxia,
visibles gracias a la insolencia de las primeras, que con permiso
de la Luna nueva hipnotizan y cautivan a los mortales a placer.

Luego amanece, y pese a que el ciclo de belleza sigue,
yo no sigo con él, y no se qué pensar.


Éste texto lo escribí el 2 de febrero de 2018. Y es curioso, porque aunque ahora estoy a gusto en donde estoy, me apetece compartirlo.

Viento fresco para hinchar la vela y escapar de esta inmovilidad sensorial, este flotar tan extraño y denso en el que excepcionalmente hoy me siento.

P.D: La isla a la que me refiero, la isla que no me vio nacer, pero que si me ha moldeado, es la isla de La Palma

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Así

Así eres tú, y así te quiero.
Tu así voluble y progresivo.
Tu así cambiante y veraniego
que tanto me gusta asimilar.
Y es que así eres, o así te veo,
como un fuego de alta mar.

Eres salitre y viento,
un desastre natural…
Y por si preguntas: sí,
contigo así es como me siento…

Simple. Contento.

Feliz. Capaz.

Niños

La angustia, la desgana, la indiferencia, la noción de que somos muchos, estar abrumados, continuamente abrumados, la inacción que perpetúa la situación y que nos derrama por un espiral ansioso de miedo. Esa es nuestra generación. La de los muchos con voz que no saben que hacer con sus palabras. La de los pocos que saben, y se yerguen entre los empellones de sus sentimientos para quedar sepultados por los latidos de otros corazones, corazones ajenos. El neo-barroco, liberal, hedonista anti-romántico que sin embargo en su rebeldía y su ilusión de dicótoma, acaba por ser inconsistente, voluble y difuso. Diluido e inodoro.

Pero indeleble.


Volveré para explicarme.

Neo-barroco:
Liberal:
Hedonista:
Anti-romántico:
Ilusión de dicotomía:

El Autor

Era tarde, más de lo que le gustaba admitir sabiendo las pocas horas de sueño que le quedaban. Rezaba en el diario algo parecido a esto:

“…el artesano que toma medidas y regala ataúdes huecos para que otros los llenen con sus sueños. Piratas, todos ellos que buscando una estrella en el cielo encontraron huesos y decidieron tallarlos, celebrando que ellos son… Y que ellos fueron.”

 -De lo más excéntrico… – pensó divertido mientras pasaba con cuidado las páginas del cuaderno, deteniéndose de cuando en cuando para leer algún pasaje que destacaba por alguna variación en la llamativa caligrafía del autor.

“…todos tienen algún párrafo en este epitafio, escrito en yeso blando, ocultando tras de sí el cadáver de algún creador que se encontró con la vergüenza y por pensar en si la merecía: acabo callando.”

Había estudiado a este hombre durante cuatro años. En las vitrinas del despacho atesoraba originales, cuadernos de bocetos, notas e incluso algunos útiles artísticos ahora inservibles por el deterioro, pero valiosos más allá de su estado actual. Estaba casi seguro de que podría relacionar cualquier reflexión que leyese con alguna de las etapas de aquella atormentada vida.

Probablemente lo que más le llamaba la atención de su escritura era su tendencia al desprecio hacia “ellos”. Una figura terciaria de su narrativa, en apariencia ajena, pero que realmente no suponía más que un reflejo de todo lo que detestaba de sí mismo. Solo podía imaginar lo difícil que debía de ser cargar con el peso de las acciones inherentes de su profesión. El hecho de que consiguiera canalizarlo todo en un impulso creativo era cuanto menos, admirable.

A pesar de todo, dentro de su frialdad había citas que despuntaban como lágrimas de luz entre la desidia; mantras de algún tipo que ocupaban páginas enteras,  adornados con apurados garabatos, consejos pensados para no volver a ser leídos:

“Así es la historia entre las dudas y las deudas. Unas son tuyas, quizás… Decide cuales y paga por las dos. Por si acaso. Por si vuelven…”

“Cierra la puerta al salir. Descálzate al entrar. Recoge en tus plantas la mugre del parqué y sacúdete antes de acostarte. Y para un segundo de vez en cuando. Mira a ese punto cómodo en la oscuridad que libera tu mirada. Localízate.”

Sin embargo, su cita favorita se escondía sobria en el margen izquierdo de una página cualquiera:

“Pero no intentes preguntarme. No seré yo el que te ayude a hundirte en tu propia mierda. La miseria se la gana uno como puede. Ahora, vete a tomar por culo y deja de cotillearme después de muerto, jodido imbécil.”

Siempre la dejaba para el final, la última antes de cerrar el cuaderno y guardarlo en la gaveta del escritorio. La última antes de dormir, como un premio póstumo cargado de ironía. Seguro que le divertiría…

Escribir me hace sentir mejor.

Pensaba que era sólo un tópico. Odio los tópicos. Hasta que me identifico con ellos. Entonces me odio a mi mismo. Pero lo supero: es solo una pataleta.

Siento que la mayoría de estos textos dan frío, porque la verdad están muy polarizados.

Pero es que escribir para sentirse mejor requiere de forma implícita no sentirse suficientemente “bien” como para no necesitar sentirse “mejor”. Y cuando me siento bien, suelo enfocar  mi estado anímico en mayor medida hacia otros ámbitos. No soy desgraciado, para nada. Pero como todos, tenemos nuestras bajadas.

Lo importante es nunca dejar de preguntarse. Y tomar prestado un poco de calor de vez en cuando.

04/11/18